10 de julio de 2018

Coño Chivito, me arrestaste

Por Antonio J. Pérez Aguirre


@A_J_Perez

Hoy se conmemoran dos eventos importantes en mi vida, uno alegre y otro muy triste.
El 10 de julio de 2012, después de ocho años de haberme desembarcado como Segundo Comandante de la Fragata Guardacostas ARV “ALMIRANTE CLEMENTE” (GC-11), que resultó ser mi último cargo a bordo de las unidades flotantes de la otrora Armada de Venezuela, me embarqué como Gerente de Proyecto de un trabajo de investigación de geofísica y oceanografía a bordo del R/V Poseidón de bandera islandesa.  Volver a la mar, a respirar salitre y a la brega en la cubierta de un buque, no tiene precio.
Ese mismo día, mi amigo de siempre, el hermano que me regaló la vida, Pablo Emilio, o Pito Pito como le decíamos, emprendió su vuelo a la eternidad.
Esta mañana me percaté que no tengo precisado cuando fue que nos conocimos, fue hace mas de 40 años, no recuerdo que grado estudiábamos, y me sentí mal por ese detalle; pero después me di cuenta que al final esa fecha no importa, porque desde que tengo conciencia, Pito Pito ha formado parte de esa constelación de amigos de toda la vida, vida que nos llevó a tomar la carrera naval.  Ingresamos en la extinta Escuela Naval de Venezuela, yo en el año 1983 y él, junto a otra pléyade de amigos de la infancia, en 1984.
Pito Pito es el pana que todos quisiéramos tener, su efusividad para demostrar su cariño y solidaridad, eran tan intensos como las rabias que agarraba cuando lo chalequeábamos.  Siempre actuaba igual, nos mandaba al carajo y pagaba la cuenta.  Lo hacíamos molestar con cierta frecuencia, pero la rabia no le duraba mucho, su nobleza no se lo permitía.
En una oportunidad, cuando estaba a punto de graduarme le dije: Coño Pito, me voy a graduar y no te he arrestado nunca; luego le dije: es mas, estás arrestado. Recuerdo su cara como si fuese ayer, me quería como matar.  No lo podía creer hasta que salió en la lista de arresto de ese fin de semana.  Eso fue un par de semanas antes de que el se embarcara en su crucero de instrucción, antes de la Semana Santa de 1987.  Su rabia, con toda razón, por esa acción inmadura e injusta que cometí con él, fue inconmensurable.
En esa Semana Santa, como en otras tantas ocasiones, me fui a su casa, a la casa del tío Pepín y de la tía Beliza.  Llegué solo, sin ser invitado.  Acomodé mis cosas en el cuarto de los muchachos, como siempre.
Pito llegó un par de horas después, y yo estaba tomándome un copetín – como mi tío Pepín le decía a las bebidas espirituosas –  y me saludó parado firme e impecablemente me pide permiso para continuar en su casa, la rabia no se le había quitado, todo lo contrario.  Le echamos broma, mi tío Pepín, Nacho y yo, pero la rabia no se le quitaba.
Con el tiempo se le pasó, pero cada vez que salíamos y nos tomábamos unos copetines, me decía con mucho sentimiento: coño chivito, me arrestaste; nos reíamos, nos abrazábamos y seguíamos con la rumba.

No importaba cuántos días, meses o años pasaran, cada vez que nos encontrábamos, después de varios copetines me volvía a repetir con el mismo sentimiento: coño chivito, me arrestaste; nos reíamos, nos abrazábamos y seguíamos con la rumba.
Coño Pito, que falta haces, que falta me hace recibir siempre esa llamada inesperada tuya, siempre estabas pendiente de tus panas, o por lo menos estabas pendiente de este chivito que una vez te arrestó.
Vuela alto Pito Pito, y cuando yo llegue a la eternidad, después de los copetines de rigor, esperaré a que me repitas otra vez, con el mismo sentimiento: coño chivito, me arrestaste; y como siempre nos reiremos, nos abrazaremos y seguiremos con la rumba.
Te quiero mi pana.